domingo, 18 de junio de 2017

Volver a recordar

    Hace tiempo que ando divagando entre letras que han perdido la razón de ser. Hace tiempo que mis huellas se fueron con la marea para ser enterradas en el ayer. Hace tiempo... que olvidé quién fui. 

    Todo había cambiado y seguía evolucionando hacia unos colores oscuros que perdían credibilidad. Daba miedo adentrarse por las calles vacías, donde sonaban ecos indescifrables que hacían que me temblara el cuerpo de la cabeza a los pies. Pero era un viaje necesario que debía hacer. Estaba cansada de tirarme al vacío para encontrar más vacío aun. Era una locura subir a esa montaña rusa de sentimientos que sabias que al final no llegaría a ningún lado, o al menos a ninguno bueno. Por eso, a pesar de que tenía miedo, me atreví a dar el paso. 

    El aire acarició mi cara, aliviandome del sofocante calor que me producían los mismos nervios. Iba perdida, sin saber el camino pero sí el destino. Quizá las estrellas podrían hacerme de brújula, pero lo dudaba. Se las veía muy felices brillando en su propio mundo, haciendo quién sabe qué. Definitivamente estaba sola en esto. 

    Llevaba un rato andando, moviéndome en círculos a mi parecer. Parecía que nada iba a cambiar, así que me senté en el suelo para recuperar el aliento. Cerré los ojos con fuerza y deseé con toda mi alma volver a ser yo. 

    -No hace falta que hagas viaje alguno. Tienes las respuestas más cerca de lo que crees.  -Habló una voz. -Solo debes recordar. 

    Me quedé dormida con aquellas palabras resonando en mi cabeza. Recordar, esa era la llave a mi deseo. ¿Pero cómo podría hacerlo? 

    Una casa de campo apareció ante mis ojos. Se podía respirar aire puro y el olor de una fogata que bailaba hacia el cielo. Alrededor jugaban dos niñas con sus muñecas. Las peinaban con ternura y las vestían para que no pasaran frío. Cerca de ellas un hombre vigilaba el fuego y de vez en cuando tocaba alguna melodía con su vieja guitarra. 

    Después aparecí en una cocina, donde una mujer preparaba la cena de nochebuena. Había de todo en la encimera, y unas pequeñas manos aparecían tras estar escondidas para saciar el estómago. Al fondo se oía un coro cantando villancicos. 

    El primer día de escuela, los primeros amigos, el primer amor... todo se fue sucediendo sin coherencia por mis sueños, hasta que culminó con el día de mi partida. Fue un domingo por la mañana. Ya tenia las maletas hechas y estaba dispuesta a irme. El sol lo iluminaba todo y los pájaros cantaban alegres. Tan solo lloraban corazones.  No solo me despedí de mi familia, sino de las comodidades y tuve que decir hola a las verdaderas responsabilidades, a la vida real. Encarcelé todo lo que era para convertirme en lo que nunca quise ser. Y desperté. 

    Mi corta vida había pasado por mi mente como si fuese una película. Y con ello pude recordar que un día me prometí a mi misma que jamás en la vida dejaría de ser infantil, aunque a veces tuviera que mostrar madurez, que nunca dejaría de soñar,  ni dejaría que un obstáculo me impidiera seguir adelante. Y lo más importante, me prometí a mi misma que jamás en la vida nadie podría cambiarme.