viernes, 9 de diciembre de 2016

Nuestro caos perfecto

    Nos sentamos en un banco. Él me miró en el silencio de las carentes palabras y yo intuí en sus ojos que quería saber de mí. Quería saber cuál era mi historia. Me levanté y me puse a andar delante de él, de arriba a abajo, pisando las hojas marrones que caían de los árboles interrumpiendo de una vez aquel incómodo silencio. Suspiré profundamente, necesitaba coger aire para lo que iba a decirle.  Contar tu propia historia era algo difícil aunque pareciera lo contrario.

    Las palabras empezaron a salir solas de mi alma. No había planificado discurso alguno así que me trabé alguna que otra vez. Estaba nerviosa, jamás le había contado tantas cosas de mí a alguien, pero había algo en él que me transmitía paz, que me relajaba y me hacía sentir como si flotara por las nuebes, algo que me hacía confiar plenamente en él. Era una sensación agradable. Seguía contando mi historia: mis alegrías, mis caídas, todo lo bueno y todo lo malo...mientras seguía andando. Estaba cada vez más mareada por dar tantas vueltas. Él no me quitaba ojo, o por lo menos eso creía, desde que empecé a hablar solo miraba las hojas que cada vez estaban más rotas por las suelas de mis zapatos.

    Cuando soplé la última palabra, me cogió de la mano. Lo noté un poco brusco y noté el corazón en la garganta. No me esperaba aquello. Tuve que hacerme la valiente para mirarle a los ojos, a esos ojos negros que sabían penetrar mi interior mejor que nadie. En ese momento se me vino a la cabeza el día que nos conocimos. Haría un año o así, a finales de otoño, cuando nos chocamos en una esquina. Estaba lloviendo y no llevaba paragüas por lo que estaba empapada. Iba corriendo por la acera sin mirar, distraída en mis pensamientos como de costumbre. De repente, al llegar a la esquina de la heladería de Javier, me vi en el suelo mezclándome con el barro que se había formado. Una mano surgió entre la cortina de agua para ayudarme y ahí estaba él, con su cálida sonrisa queriendo ayudarme. Sonreí sin darme cuenta al recordarlo.

    Otro tirón de la mano me hizo volver en mí. Me devolvió la sonrisa sin saber el por qué de la mía. Viendo su tranquilidad me atreví a preguntar:
    -Después de ver el caos que es mi vida, ¿sigues queriendo estar a mi lado?
  -¿Sabes? Hace mucho tiempo que ando buscando la perfección, y la he encontrado en tu imperfección. Eres la única que ama su propio caos y en eso consiste mi perfección. -Hizo una pausa y me sonrió antes de hablar de nuevo- ¿Y tú? ¿Quieres formar parte de mi caos? Yo también tengo el mío propio, ¿sabes? Pero esa es otra historia. -Me guiñó un ojo y no pude evitar reírme soltándole un sí de por medio.

    Volvió a tirarme de la mano a la vez que se levantaba, quedando nuestros cuerpos casi pegados, rozándose. Me besó y nos fuimos dejando atrás al banco, cuyas hojas habían sido testigos no ya de mi historia, si no del comienzo de nuestra historia. Nuestro caos perfecto.

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