jueves, 15 de septiembre de 2016

Cuidado con lo que escribes

    El baño desprendía un fuerte pero agradable aroma a piña. Iba perfumando la casa como quien no quería la cosa, pero al llegar al salón, retrocedía al encontrarse con una varilla de incienso encendida. El humo de esta ascendía dibujando en el aire unos garabatos que emboban a quien lo viese. La estancia olía a iglesia, a las calles cuando era Semana Santa. Era un olor que penetraba en el interior y relajaba el cuerpo de tal forma que, el sueño se apoderaba del mismo. La televisión reproducía en un susurro un programa de cotilleos que ponían después de las noticias. A nadie le interesaba, pero como los habitantes de la casa se encontraban en el quinto sueño, no les molestaba. El reloj marcaba gustoso las horas y el tic-tac mantenía el estado de relajación en la sala. De repente, la lluvia quiso gozar de aquella tranquilidad y empezó a caer para sumirse en un profundo sueño, pero en vez de eso, realizó un largo viaje a través del subsuelo para forma una laguna en lo que en un futuro próximo sería una cueva secreta. Sus compañeras, celosas por ver a dónde llegaban, quisieron acompañarlas y poco a poco se fue formando una tormenta. Rafael despertó de su profundo sueño y al ver que el agua entraba por la puerta que daba al patio, la cerró. Cortó el paso al fresco que entraba manteniendo una agradable temperatura y la casa empezó a caldearse. Era mitad de septiembre y todavía hacía calor. A los ladrillos de la casa les costaba sudar para expulsar el calor y dejar que el frío cerrara sus poros. Rafael volvió a tumbarse en el sofá, pero solo consiguió un dolor de cabeza por lo poco que había dormido. Fue al baño y aspiró el olor a piña. Dejó que su olfato se embelesara un poco más y después se echó agua fría en  la  cara  para despertarse.

    En su habitación, decorada muy sutilmente, cogió un cuaderno y siguió escribiendo la historia que había empezado hace dos días. Estaba arropado por miles de frases y microrrelatos pegados con una chincheta en un tablón, que eran su fuente de inspiración, eran parte de él. Pasaba horas y horas sentado ante aquel moderno escritorio azul y blanco que le servía de base para sus ingeniosas creaciones. No solo le gustaba escribir, también le apasionaba dibujar los personajes de sus relatos y no lo hacía nada mal. Se sentía orgulloso de él mismo. La historia en la que andaba absorto, empezaba a tomar forma, y a cada palabra le gustaba más. A veces parecía que el lápiz se movía solo porque no le podía dar tiempo a escribir tan rápido y a pensar y procesar la información a la vez. Era algo mágico, como él.

    Una noche, cuando el sueño estaba a punto de cogerle, oyó un ruido que parecía salir de su libreta. Pensó que era cosa suya, del sueño, pero volvió a sonar. Se acercó hasta ella y la abrió. Una luz brotó de su interior y salió de allí para esparcirse por las cuatro paredes. Rafael se protegió los ojos con las manos para no quedarse ciego. Cuando pudo abrirlos de nuevo, se encontraba en una cueva con una laguna que ocupaba gran parte del terreno. Quedó boquiabierto y se pellizcó la mano para despertar, pero no, no era un sueño. Una nueva luz salió de un túnel que hasta entonces había pasado desapercibido. De él salió un hombre excesivamente alto con una túnica blanca que arrastraba por el suelo invitando al polvo a pasearlo por donde quisiera. Llevaba un cetro coronado por una esfera que brillaba. Esa debía de ser la luz que había iluminado el túnel. Sus ojos oscuros y serenos se fijaron inmediatamente en los de Rafael y este se sobresaltó. Quiso huir de allí temiendo lo peor, sin embargo, no había escapatoria. El gigante se dirigió hacia él y cuando llegó a su lado se agachó para escudriñarlo mejor. Le tocó el pelo con su gran mano y al hacerlo supo que era él. Volvió a levantarse y con su cetro le lanzó un rayó que, lejos de hacerle daño, le provocó cosquillas. Sí, no cabía duda de que era él, de lo contario… Murmuró unas palabras que Rafael no entendió y se vio de pronto rodeado por una burbuja que lo levitó hasta la altura de aquel hombre. El chico hizo preguntas que no fueron respondidas. “Quizá no me entienda” pensó, así que decidió callar y observar el camino. Llegaron a una gran zona habitada por una multitud de diferentes seres. Miró todo con detenimiento y no podía salir de su incredulidad. “No puede ser. Estoy en mi mundo” dijo en voz alta sin darse cuenta. Todos le miraron y le aclamaron cuando le vieron. Era como una especie de emperador y ellos, su séquito. El trayecto acabó en un sillón en lo más alto para que todos lo pudiesen ver. Dejaron a un lado lo que estaban haciendo y escucharon atentos las palabras del gigante que había conducido a Rafael hasta allí. No entendía nada de lo que estaba diciendo y empezaba a frustrarse. Un hada con cabeza de caballo le sirvió una copa que contenía un líquido verde azulado. Se lo tomó sin pensar y a los pocos segundos empezó a notarse mareado. Cuando volvió en sí, pudo entender al fin lo que decían pero la charla se terminaba.  Maldijo al caballo alado o lo que fuera y a su imaginación por crear criaturas tan horrorosas. Daba miedo mirarlos y aún más cuando ellos le miraban a los ojos. La burbuja volvió a envolverle y esta vez le llevó a una sala mucho más pequeña y aislada de los cotillas. Por primera vez el gigante se dirigió a él.

    -Soy Letroz. Estamos listos para luchar contra el mundo exterior y apoderarnos de él, mi señor.
    -¿Mi señor? ¡Solo soy un crío! No hay ninguna lucha, sois producto de mi imaginación. Yo os creé, no sois reales.- Decía casi sin pensar presa del pánico.
    -Sabemos que eres nuestro creador, por eso estás aquí. Debes librar la batalla que se avecina. Eres el único capaz de hacerlo. Eres el elegido.

    Rafael se quedó pensativo. Estaba perplejo. ¿Cómo iba un niño de diez años dirigir una batalla contra el mundo? ¡Contra el mundo! Eso era una locura, una misión kamikaze. Se tranquilizó un poco y una bombilla se le encendió encima de la cabeza.

    -Está bien. Primero debo volver a mi mundo para coger unas cosas y puede que así traiga noticias frescas. Si salgo ya, podré volver mañana sobre la misma hora.

    Letroz asintió y susurró otras palabras que tampoco entendió. La misma luz que había visto unas horas antes, apareció de nuevo para cegarle. Volvió a taparse los ojos con las manos y al abrirlos, estaba de nuevo en su habitación. El reloj marcaba la misma hora que cuando se había ido. Nada había avanzado. Miró a su cuaderno con temor y rápidamente se puso a escribir para acabar con su pesadilla. La mano le temblaba y requirió de toda su concentración para continuar. Estaba a punto de escribir que todo había sido un sueño, que todo era mentira, pero la luz volvió y una vez más Rafael fue teletransportado al mundo que había creado.

    -Nos has deshonrado.- Rugió Letroz.- Has intentado destruirnos, ¡eres un traidor! Serás castigado con El Agujero. No volverás a ver la luz del día, no comerás ni beberás, y tu cuerpo se pudrirá hasta que solo queden huesos.

    Ramón se horrorizó ante las terribles palabras del gigante. Deseó no haber escrito aquella maldita historia. En el futuro tendría más cuidado con lo que escribiera, si llegaba a hacerlo. Un centinela corpulento lo cogió con un solo brazo como si fuera un saco de patatas y lo encerró en un pozo sombrío y húmedo. La frialdad se calaba en su interior y le hacía tiritar como un condenado. “Jamás pensé que moriría tan pronto y en estas circunstancias” se dijo a sí mismo. Se acurrucó en sus rodillas y por su mente viajaron recuerdos alegres que le arrancaron lágrimas de tristeza. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero le parecía una eternidad. El frío, el hambre y la sed se apoderaban de su pequeño cuerpo y sintió que desfallecía. Deseó que el tiempo en el mundo real siguiera su curso y lo buscasen. Así fue como esa noche su hermana pequeña, Abril, soñó con él y con lo que sucedía. Al despertar por la mañana, sus pies inconscientemente la llevaron a la habitación de su hermano. Vio en el escritorio un cuaderno antiguo que llamó su atención. Lo abrió y empezó a leer. “Rafael tiene mucha imaginación” pensó sonriendo. Al llegar al final se sorprendió al ver lo que había soñado esa noche. A pesar de ser tan pequeña, sabía que no podía ser una coincidencia. Su sonrisa se esfumó, cogió el lápiz y empezó a escribir para acabar las palabras que se suponía que quería plasmar su hermano. Cuando puso el punto y final, la insistente luz volvió una vez más para traer consigo a Rafael. Este, al verse liberado y al ver a su hermana, lloró de felicidad y la abrazó muy fuerte hasta que se quejó porque la estaba dejando sin respiración. Cogió el dichoso libro y lo quemó en el patio. Las hojas se redujeron a cenizas y fueron esparcidas por el viento, contando al mundo una increíble y escalofriante historia.

    Despertó de un sobresalto en mitad de la noche. Estaba sudando y tuvo que cambiarse de pijama. Giró su mirada hacia el escritorio. ¿Y si no había sido un simple sueño? ¿Y si había sido una premonición? Oyó un ruido que le puso los pelos de punta. Se tranquilizó cuando vio a su hermana pequeña detrás de la puerta. No podía dormir y quería quedarse con él, pero antes de volver a la cama, sin dudarlo dos veces, cogió el cuaderno y lo quemó ofreciendo al silencio de la noche, la luz de una bengala y el olor de una buena fogata. Con aquel acto, volvió a acurrucarse en la cama con su hermana, quien le pidió que le contara una historia de princesas. Fue así como Rafael, sin ser del todo consciente, se libró de un trágico final.

    ¿Si volvió a escribir decís? Puede que algún día cuando abráis un libro encontréis a Rafael y os acordéis de esta historia.

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