martes, 30 de agosto de 2016

En algún lugar recóndito


    El calor evaporaba el poco líquido que había en su cuerpo. Arrastraba los pies descalzos por la arena, provocándose leves quemaduras y ampollas. Tenía la lengua seca y no podía parar de pensar en beber. A veces veía un oasis muy apetitoso no muy lejos de donde se encontraba, pero se decía a sí mismo que era un espejismo y seguía adelante. Pobre ignorante, si se hubiera parado se hubiera podido hidratar y calmar el fuego que emanaba de su interior. Pero decidió seguir y cuando ya no podía más, cayó de rodillas y sus manos, al posarse en el suelo tocaron agua fresca. Al llevar los ojos medio cerrados por la fatiga, no se había dado cuenta de que se dirigía hacia su salvación. Y por si fuera poco, allí había una persona que le ayudó y lo acogió como si de su propio hijo se tratase.


    Durmió durante todo el camino, con el estómago rugiendo como un feroz león que protegía su territorio, pero estaba feliz por haber bebido tanta agua. Al llegar a quién sabe dónde, la mujer mayor lo dejó descansar en una pequeña habitación decorada sutilmente. Cuando despertó, se quitó un paño húmedo que tenía en la frente y pudo ver a su lado una bandeja llena de frutas y una jarra con algún tipo de té o algo parecido. Cogió una pieza de fruta con las manos temblorosas y lloró. Lloró al primer bocado porque ya le decía a su estómago que le llevaba comida. Y comió como un animal por las ansias. En ese momento entró una joven risueña que se llevó una mano a la boca para evitar reírse. Nunca antes había visto comer así a alguien. El chico se avergonzó y casi se atragantó con el cardo de la fruta. Cuando la tos cesó, empezó a hacer preguntas pero ella no le entendía muy bien. Se limitó a silenciar sus finos labios e hizo que se tumbara otra vez para que descansara. Al tocarle la frente, sintió el ardiente calor en su delicada mano por lo que le volvió a poner el paño de nuevo y se fue.

    Pasaron varias horas hasta que el chico despertó de nuevo. Se incorporó hasta quedar sentado en la cama. Dejó que sus ojos volvieran atrás para deleitar una vez más la belleza de aquella muchacha de tez morena y profundos ojos verdes. Sus manos eran pequeñas y delicadas y su cabello negro como el ónix. Su figura era esbelta y con curvas. Salió de su ensimismamiento cuando la mujer mayor que lo salvó entró en la habitación a verlo. Ambos se dedicaron una sonrisa. Maya, que así se llamaba, comprobó que estuviera bien y contestó encantada a todas sus preguntas.

    Jairo se encontraba en la nada. Maya lo había traído a un pequeño pueblo rodeado de dunas, sol y peligros como las tormentas de arena. El pueblo no era muy rico en cuanto a economía y a alimentación, pero sí en cultura y belleza. Recorrer sus calles era como vivir en un sueño exótico. Los niños alegraban los días jugando de un lado a otro, mientras que los mayores no dejaban de mirarlo. No le extrañaba, su aspecto de extranjero no podía pasar desapercibido. Sasha, la joven risueña de ojos verdes, era su sobrina. Sus padres la abandonaron cuando era pequeña para irse a un sitio mejor. Fue lo mejor para ella ya que creció rodeada de amor, pero anhelaba otro tipo de amor y también quería visitar otras culturas.

    A Maya no le pasó desapercibido el interés del muchacho por su sobrina. Pasaban los días, Jairo iba aprendiendo el idioma y los encuentros entre los dos jóvenes se hacían cada vez más frecuentes. Sasha también se había quedado embelesada por la belleza del chico. Él era castaño, de ojos oscuros y un cuerpo robusto. A ella le encantaba escuchar historias de su país y los viajes que había hecho. Cerraba los ojos e imaginaba que estaba allí, paseando por esas calles tan transitadas y ajetreadas y sonría. Algún día lo haría también. Otras veces era Sasha quien le contaba historias y costumbres de su pueblo a Jairo. Este quedaba embobado con la dulce voz con la que las narraba y las escribía en un pequeño diario para recordarlas.

    Una noche, a la luz de un hermoso manto estelar, se besaron. Sus corazones palpitaron como no lo habían hecho jamás, sus venas rebosaban adrenalina. Aquel beso no había sido un simple gesto, fue mucho más. Fue lo que les hizo darse cuenta de que la vida de uno, estaba al lado de la del otro, sin importar el lugar. Se enamoraron perdidamente y, conociendo los deseos de su bella mujer, el día de su cumpleaños le regaló mil viajes que harían a lo largo de sus vidas. Y así, aún con el dolor de Sasha por dejar su tierra y a su tía, partieron en un camello hacía la civilización, no sin antes prometer que volverían una y mil veces más.

2 comentarios:

  1. Hola Fátima!
    Excelente relato y muy original! Me gusta tu forma de escribir!
    Me ha gustado mucho tu blog, desde ahora lo sigo, por aqui me quedo un ratito más, jajajaj
    Un saludo y nos leemos!

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  2. Muchas gracias Ana. Estas son las cosas que animan. Yo sólo pude ver tu último relato, que por cierto está increíble. Luego a la noche me pondré a leer más. Tu blog también es muy interesantes y escribes muy bien. Mucho ánimo y suerte en este mundo. Un enorme abrazo!

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