lunes, 8 de agosto de 2016

Caen palabras

    Caen palabras del cielo, de mi boca, de la tuya. Las hay de todo tipo, depende del momento. Dulces, cariñosas, ingenuas, afiladas, hirientes, falsas. Me gustan las primeras, me hacen respirar tranquila. Las otras son feas y duelen. Hacen llorar a la gente con corazón. Pero tú no lo tienes, por eso las usas. Tienes la sangre fría, ya me di cuenta. Últimamente solo usamos insultos y ni siquiera sé por qué me molesto cuando en mi vocabulario no existe mala palabra que te describa. Tú en cambio tienes millones, aunque ninguna me va al dedo. Somos blanco y negro; norte y sur; día y noche.

    Con el tiempo aprendí que tus palabras eran mentiras. TODAS. Cada una de ellas tenían un fin, un propósito. Hasta las más hermosas. Y vi con mis propios ojos que cuando no te salían bien los planes usabas esas palabras que tanto odiaba, que me hacían enfurecer e incluso llorar. Es por eso que alzaba mi voz y de mí salían palabras afiladas que esperaba que te atravesaran por la mitad para que me dejaras de una vez, pero no surgían efecto. Tenías como una especie de escudo, de inmunidad, no solo a mis palabras, sino a las de todos. Te consideré inhumano.

    Sentada en un rincón de mi habitación pensé. Pensé que nada se podría hacer contigo, por eso mis palabras cesaron, se callaron, para acabar con aquella infame pelea diaria. Tenía que ser más lista que tú. Tú me mirabas y empezabas otra vez, pero yo te ignoraba. Llegaste a cogerme del brazo y al mirarte nuestros ojos eran pura ira. En un movimiento brusco me libré de ti, giré sobre mis talones y me fui. En ese momento comprendiste que se te acabó el juego. Desde ese instante no volvimos a hablar nunca más, las palabras murieron. Nos convertimos en dos perfectos desconocidos.

    Todas las palabras que usé cayeron en el olvido, pero las que usaste tú siguen ahí. Recordando el daño que pueden causar en tan solo un segundo, recordando que, aunque te hayas ido, no lo hiciste del todo.


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