miércoles, 31 de agosto de 2016

La ladrona de poesías

    Estaba cansada de oír falsas promesas, de oír hermosas palabras que acababan cayendo en un vacío para después descomponerse con el tiempo y de recibir caricias y sonrisas a las que le faltaba el cariño. Estaba cansada de llorar porque no dejaban de herir su alegre corazón. Estaba tan cansada de la rutina…que dijo “hasta aquí llegué”.

    Su corazón se volvió oscuro y sombrío. Se volvió en contra del amor, ese ya no existía ni para ella ni para nadie. Y por eso decidió destruir todo aquello que gritara a los cuatro vientos AMOR. Se convirtió en una ladrona de poesías, esas que embelesaban a las personas a las que iban dirigidas, pero que carecían de valor alguno.

    Cuando alguien iba a decirle cosas tiernas a su pareja, aparecía y le hacía callar. Le arrancaba las palabras de donde nacían y se las llevaba para encender una pira con ella. En la oscuridad de la noche, en un lugar alejado de todo las palabras de esos poemas salían despedidos como un profundo ahogo y morían al poco.

    Poco a poco las calles se fueron llenando de odio y rencor. El mismo que ella sentía. Pero la culpa no era suya, sino de las personas que la habían llevado a convertirse en aquel ser monstruoso y repugnante. Pero si tenía la culpa de haber destruido el poco amor que quedaba en la Tierra. Y fue por eso, por lo que nadie más volvió a amar jamás en la vida.

martes, 30 de agosto de 2016

En algún lugar recóndito


    El calor evaporaba el poco líquido que había en su cuerpo. Arrastraba los pies descalzos por la arena, provocándose leves quemaduras y ampollas. Tenía la lengua seca y no podía parar de pensar en beber. A veces veía un oasis muy apetitoso no muy lejos de donde se encontraba, pero se decía a sí mismo que era un espejismo y seguía adelante. Pobre ignorante, si se hubiera parado se hubiera podido hidratar y calmar el fuego que emanaba de su interior. Pero decidió seguir y cuando ya no podía más, cayó de rodillas y sus manos, al posarse en el suelo tocaron agua fresca. Al llevar los ojos medio cerrados por la fatiga, no se había dado cuenta de que se dirigía hacia su salvación. Y por si fuera poco, allí había una persona que le ayudó y lo acogió como si de su propio hijo se tratase.


    Durmió durante todo el camino, con el estómago rugiendo como un feroz león que protegía su territorio, pero estaba feliz por haber bebido tanta agua. Al llegar a quién sabe dónde, la mujer mayor lo dejó descansar en una pequeña habitación decorada sutilmente. Cuando despertó, se quitó un paño húmedo que tenía en la frente y pudo ver a su lado una bandeja llena de frutas y una jarra con algún tipo de té o algo parecido. Cogió una pieza de fruta con las manos temblorosas y lloró. Lloró al primer bocado porque ya le decía a su estómago que le llevaba comida. Y comió como un animal por las ansias. En ese momento entró una joven risueña que se llevó una mano a la boca para evitar reírse. Nunca antes había visto comer así a alguien. El chico se avergonzó y casi se atragantó con el cardo de la fruta. Cuando la tos cesó, empezó a hacer preguntas pero ella no le entendía muy bien. Se limitó a silenciar sus finos labios e hizo que se tumbara otra vez para que descansara. Al tocarle la frente, sintió el ardiente calor en su delicada mano por lo que le volvió a poner el paño de nuevo y se fue.

    Pasaron varias horas hasta que el chico despertó de nuevo. Se incorporó hasta quedar sentado en la cama. Dejó que sus ojos volvieran atrás para deleitar una vez más la belleza de aquella muchacha de tez morena y profundos ojos verdes. Sus manos eran pequeñas y delicadas y su cabello negro como el ónix. Su figura era esbelta y con curvas. Salió de su ensimismamiento cuando la mujer mayor que lo salvó entró en la habitación a verlo. Ambos se dedicaron una sonrisa. Maya, que así se llamaba, comprobó que estuviera bien y contestó encantada a todas sus preguntas.

    Jairo se encontraba en la nada. Maya lo había traído a un pequeño pueblo rodeado de dunas, sol y peligros como las tormentas de arena. El pueblo no era muy rico en cuanto a economía y a alimentación, pero sí en cultura y belleza. Recorrer sus calles era como vivir en un sueño exótico. Los niños alegraban los días jugando de un lado a otro, mientras que los mayores no dejaban de mirarlo. No le extrañaba, su aspecto de extranjero no podía pasar desapercibido. Sasha, la joven risueña de ojos verdes, era su sobrina. Sus padres la abandonaron cuando era pequeña para irse a un sitio mejor. Fue lo mejor para ella ya que creció rodeada de amor, pero anhelaba otro tipo de amor y también quería visitar otras culturas.

    A Maya no le pasó desapercibido el interés del muchacho por su sobrina. Pasaban los días, Jairo iba aprendiendo el idioma y los encuentros entre los dos jóvenes se hacían cada vez más frecuentes. Sasha también se había quedado embelesada por la belleza del chico. Él era castaño, de ojos oscuros y un cuerpo robusto. A ella le encantaba escuchar historias de su país y los viajes que había hecho. Cerraba los ojos e imaginaba que estaba allí, paseando por esas calles tan transitadas y ajetreadas y sonría. Algún día lo haría también. Otras veces era Sasha quien le contaba historias y costumbres de su pueblo a Jairo. Este quedaba embobado con la dulce voz con la que las narraba y las escribía en un pequeño diario para recordarlas.

    Una noche, a la luz de un hermoso manto estelar, se besaron. Sus corazones palpitaron como no lo habían hecho jamás, sus venas rebosaban adrenalina. Aquel beso no había sido un simple gesto, fue mucho más. Fue lo que les hizo darse cuenta de que la vida de uno, estaba al lado de la del otro, sin importar el lugar. Se enamoraron perdidamente y, conociendo los deseos de su bella mujer, el día de su cumpleaños le regaló mil viajes que harían a lo largo de sus vidas. Y así, aún con el dolor de Sasha por dejar su tierra y a su tía, partieron en un camello hacía la civilización, no sin antes prometer que volverían una y mil veces más.

jueves, 18 de agosto de 2016

Juego tripartito


En el abismo de un "nosotros"
cuelga tu inquieto corazón.
Pero tu alma quiere ser libre
¡maldita incoherencia esta!

Un vacío crece en tu interior,
que nadie salvo ella
es capaz de llenar.

Tu corazón dice " no la pierdas"
tu alma dice "vámonos de fiesta"
y tu mente no sabe a quién echar cuenta.

Es un juego tripartito
que te causa desazón,
pero no seas ingenuo
y de perder tiempo para ya,
pues ella es tu otra mitad.
Anda a prisa y vete ya
sino mañana tarde será.

martes, 16 de agosto de 2016

Un suspiro de amor eterno


En la tranquilidad de la noche,
en la que todo el mundo duerme,
se escucha un profundo suspiro
que anhela el corazón de una joven.

Con botella de aguardiente en mano
y cigarro encendido en boca,
pasa las horas de desvelo.

Con cada trago de ese brebaje,
sus mejillas enrojecen.
Con cada cigarro fumado,
sus pulmones ennegrecen.

Explosiva y mortal mezcla
se rebuja en su interior.
No puede parar de toser
y el aire se va esfumando.

En un balcón de algún lugar,
un licor cae a cascada,
un cigarro se consume
y un cuerpo se desploma.

En algún rincón secreto,
dos almas se vuelven a cruzar.
El suspiro se desvanece
y un nuevo pálpito aparece.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Carta de despedida


    Ha llegado el momento de decir adiós. Lo sé, las despedidas son tristes y yo las odio. Pero a veces hay que decir adiós, aunque duela, aunque no se quiera. Yo digo adiós a mi antigua vida, porque ya no va conmigo. Ya no soy la misma persona de hace unos años, aunque me sigan viendo igual de cría que antes. Digo adiós al pasado, porque está lleno de recuerdos que ya no son alegres al corazón. Digo adiós a todas esas personas que dejé atrás y a las que están cogiendo las maletas para marcharse. En cierto modo, yo también las estoy haciendo. Quizá me vaya a un nuevo destino, lejos de aquí para empezar de cero. Me gustaría cambiar de aires, conocer gente nueva, por eso digo adiós.



    Me duele dejar atrás algunas personas, pero a ellas les digo “hasta pronto” porque las quiero y las volveré a ver. Sería injusto marcharme de sus vidas cuando ellos están en la mía.



    ¿Y sabéis qué? Que despedirse no es malo. Puede ser un gran alivio en muchas ocasiones. Puede significar quitarte la pesada mochila que llevas a la espalda y coger una nueva y ligera para llenarla de otras cosas hermosas como los dulces recuerdos que aguardan hacerse realidad. Por eso digo adiós, porque mi mochila pesa ya demasiado y no me deja avanzar. Quiero tirarla, saltar sobre ella y destrozarla para liberarme y coger la otra que me gusta más. Con sus miles de colores que me embelesan, me llama a gritos para que la coja, y como no soy mala persona, tengo que hacerlo para que esté feliz. Quizá así me contagie también.



    Por último, quiero decir adiós a mis antiguas ambiciones y metas, porque al yo cambiar, ellas también cambiaron. Por eso ahora es tiempo de que me fije nuevas metas y logros, y creo que ya sé por dónde empezar.



    Atentamente, mi nuevo yo.


lunes, 8 de agosto de 2016

Caen palabras

    Caen palabras del cielo, de mi boca, de la tuya. Las hay de todo tipo, depende del momento. Dulces, cariñosas, ingenuas, afiladas, hirientes, falsas. Me gustan las primeras, me hacen respirar tranquila. Las otras son feas y duelen. Hacen llorar a la gente con corazón. Pero tú no lo tienes, por eso las usas. Tienes la sangre fría, ya me di cuenta. Últimamente solo usamos insultos y ni siquiera sé por qué me molesto cuando en mi vocabulario no existe mala palabra que te describa. Tú en cambio tienes millones, aunque ninguna me va al dedo. Somos blanco y negro; norte y sur; día y noche.

    Con el tiempo aprendí que tus palabras eran mentiras. TODAS. Cada una de ellas tenían un fin, un propósito. Hasta las más hermosas. Y vi con mis propios ojos que cuando no te salían bien los planes usabas esas palabras que tanto odiaba, que me hacían enfurecer e incluso llorar. Es por eso que alzaba mi voz y de mí salían palabras afiladas que esperaba que te atravesaran por la mitad para que me dejaras de una vez, pero no surgían efecto. Tenías como una especie de escudo, de inmunidad, no solo a mis palabras, sino a las de todos. Te consideré inhumano.

    Sentada en un rincón de mi habitación pensé. Pensé que nada se podría hacer contigo, por eso mis palabras cesaron, se callaron, para acabar con aquella infame pelea diaria. Tenía que ser más lista que tú. Tú me mirabas y empezabas otra vez, pero yo te ignoraba. Llegaste a cogerme del brazo y al mirarte nuestros ojos eran pura ira. En un movimiento brusco me libré de ti, giré sobre mis talones y me fui. En ese momento comprendiste que se te acabó el juego. Desde ese instante no volvimos a hablar nunca más, las palabras murieron. Nos convertimos en dos perfectos desconocidos.

    Todas las palabras que usé cayeron en el olvido, pero las que usaste tú siguen ahí. Recordando el daño que pueden causar en tan solo un segundo, recordando que, aunque te hayas ido, no lo hiciste del todo.


domingo, 7 de agosto de 2016

Mentiras

    “Las mentiras tienen las patas cortas”

    Aprendió eso de una persona que después resultó ser la reina de la mentira. Todo a su alrededor se volvía una gran farsa, como si fuera una enorme obra de teatro en la que ella, se había convertido en la protagonista. No sabía qué ganaba la gente mintiendo. Todo parecía un juego y tuvo que aprender a jugar. Aprendió a desenmascarar las mentiras y a echarlas también. No le gustaba hacerlo, pero a veces no le quedaba otra.

    Cuando estaba sola, pensaba que vivía en un mundo imaginario. Pero ese mundo era siniestro, como una prisión oscura, fría y sin salida. Las calles se convertían en un laberinto y daba miedo andar por ahí. Nunca sabía lo que aguardaban los recodos, pero tenía 
 que ser valiente y seguir adelante. Si entró, fue por algún lado, así que también se podría salir. La cuestión era cómo.


    En el largo camino vio muchos nombres y caras conocidas. La verdad era que no se sorprendía. De hecho, a estas alturas nada lo hacía. Siguió andando. A veces daba con una calle sin salida y daba la vuelta. Cada vez estaba más cansada y sus piernas decían no, mientras su mente se esforzaba por no perder el control. Al poco paró en seco. Sus puños se cerraban solos, con fuerza, al igual que los párpados. Giró la cabeza para no seguir viendo. "Tu nombre. ¿Qué demonios hacía allí tu nombre? Y eso no era todo. ¿En qué me habías mentido?" Se preguntó. Dos lágrimas brotaron de sus ojos rojos por el esfuerzo de antes. Movió la cabeza bruscamente y después se llevó las manos hacia la misma. No, no lloraría. Ahora más que nunca tenía el coraje suficiente para salir de aquel endiablado lugar. Juró que saldría. No era como aquella gente, ese no era su lugar. Empezó a correr de un lugar a otro, pero la salida no aparecía. Se hartó y empezó a cruzar por medio de aquel estúpido laberinto en el que la habían metido sin ella querer. Lo destrozó. Entonces todo desapareció y despertó. Despertó de esa horrible pesadilla empapada en sudor. Aún tenía los puños cerrados. Sonrió irónicamente. No había sido un simple sueño, había visto la pura realidad. La verdad.